Por Mercedes Cordeyro
En plena tarea, dibujando y pintando de pie mientras toma mates, se inicia la charla con Milo Lockett. Hace once años lo había entrevistado en su taller de Palermo; hoy, más de una década después, nos volvemos a encontrar en su espacio de trabajo en Villa Nueva, dentro del Shopping Vila Terra. Más que una entrevista formal, es un diálogo cercano que fluye mientras el artista sigue creando.
La primera impresión es la misma: sencillez, claridad para transmitir conceptos profundos y esa energía positiva que lo caracteriza. Pero hay algo nuevo: más aplomo, raíces más firmes, un artista en otra etapa vital. Basta mirar la obra que está gestando en este momento: colores tierra, distintos matices de marrón, una suerte de reversión de pinturas rupestres que emergen sobre las históricas paletas vibrantes que lo hicieron tan reconocible.
Su vida en los suburbios, el volver a criar a sus tres hijos menores y la cotidianeidad parecen haber sembrado una nueva impronta en su obra y en su ser. “Hay que estudiar los colores, encontrar qué te identifica. Lo único que te va a enseñar es la prueba y error. El secreto está en el contraste de algunos elementos. No armo paleta, hago ejercicios. El material no importa, el soporte no importa. Lo que importa es el lenguaje”, dice con convicción.
Una mirada más amplia
Ese lenguaje también se resignifica con el paso del tiempo. Si en la primera entrevista estaba en un foco de alto impacto de su carrera, ahora la conversación se abre hacia otros temas: la salud, la paternidad, los vínculos, la longevidad y la tecnología.
Milo reflexiona sobre una generación que desafía los límites de la edad. “Antes, un tipo de 60 era un señor mayor. Hoy lo que tenemos que trabajar es la estima, que los más chicos se animen, que nadie quede afuera de este nuevo paradigma”. Cuenta que dejó el alcohol, que incorporó hábitos más saludables, que piensa proyectos a largo plazo, incluso imaginando su vida creativa a los 90 años. “Lo importante es la movilidad, sentirse activo, tener ganas. El arte me mantiene en movimiento, me da curiosidad”.
El arte como brújula
Esa curiosidad se refleja en su producción. El siempre está muy activo, participa de ferias como BADA, se suma a muchos proyectos solidarios y siempre genera cosas nuevas.
Hoy se anima a experimentar con tierra y materiales no convencionales, juega con el error como método y, al mismo tiempo, se interesa por lo digital, los NFT y la inteligencia artificial. “No le tengo miedo a lo digital. Al contrario, me parece fascinante, sobre todo para los más chicos. Va a traer nuevas formas de vivir, más tiempo de ocio y de creación”.
La tensión entre lo ancestral y lo contemporáneo aparece como metáfora de su obra actual: pinturas que evocan lo rupestre conviven con la exploración de nuevas tecnologías. “Lo único que me importa es tener un lenguaje propio. No importa si es en tela, en papel, en tierra o en digital. Lo importante es que sea honesto”.
Reconocimientos y comunidad
Pese a los premios, la fama y el reconocimiento internacional, Milo insiste en la simplicidad. “No me interesa el reconocimiento. Estoy feliz de dónde vengo y dónde estoy. Pinto porque tengo ganas de pintar. Mi honestidad está en eso: seguir probando, equivocándome, buscando. Lo único que me importa es tener vínculos sanos, amigos, comunidad. Vivir bien no significa necesitar mucho”.
La charla vuelve una y otra vez a los vínculos. Habla de sus hijos, de la educación, de lo importante que es enseñar a los más jóvenes a confiar en sí mismos. “No quiero que mis hijos piensen que tienen que llegar a algún lugar. Ya estamos en el lugar. Lo único que hay que hacer es vivirlo, con entusiasmo y con ganas”.
El mismo y otro
Once años después, Milo Lockett se muestra distinto y, al mismo tiempo, el mismo: inquieto, curioso, en constante búsqueda. Un artista que no necesita demostrar, pero que sigue explorando con la misma intensidad que cuando empezó.
Un hombre que pinta porque lo hace feliz, que encuentra en el error la llave de un lenguaje propio y que, con el paso del tiempo, aprendió que el arte y la vida se tratan, en esencia, de lo mismo: estar en movimiento.
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