En los accesos a barrios cerrados de Tigre, especialmente en la zona de Bancalari, hay una escena que se repite a diario y que ya dejó de sorprender, pero no por eso deja de ser alarmante: ciclistas circulando sin casco.

Trabajadores que ingresan y egresan de los barrios, vecinos que salen a hacer compras o trámites, e incluso personas que usan la bicicleta como medio de transporte habitual, transitan por calles y avenidas con alto flujo vehicular sin ningún tipo de protección básica. Una práctica riesgosa que, lejos de ser excepcional, se volvió la norma.
Una convivencia cada vez más compleja
En la zona conviven distintos tipos de ciclistas, desde quienes usan la bicicleta por necesidad hasta quienes lo hacen por deporte o recreación.
En este último caso, si bien suelen incorporar más medidas de seguridad, también generan controversia entre automovilistas cuando circulan en grupos numerosos y ocupan gran parte de la calzada, una situación que muchos vecinos cuestionan por las dificultades que genera en el tránsito.

Más allá de estas diferencias, el problema de fondo sigue siendo el mismo: la falta de condiciones seguras para todos.
Sin banquinas ni bicisendas
A este escenario se suma un factor clave que agrava el problema: la traza de Bancalari no cuenta con banquinas ni bicisendas.
Esto obliga a los ciclistas a circular prácticamente sobre la calzada, compartiendo espacio directo con vehículos a alta velocidad, lo que incrementa significativamente el riesgo de accidentes y dificulta cualquier intento de circulación segura en bicicleta.
Falta de controles y educación vial
Uno de los puntos que más preocupa a los vecinos es la ausencia de controles visibles. No se observan operativos sistemáticos que promuevan el uso del casco ni campañas de concientización sostenidas en el tiempo.

Tampoco hay presencia activa de organismos como la Asociación Vecinal Nordelta (AVN) o del Municipio en materia de educación vial preventiva enfocada en ciclistas, a pesar del crecimiento del uso de la bicicleta en la zona.
Sin infraestructura adecuada, sin controles y sin educación, la responsabilidad termina recayendo únicamente en el individuo, en un contexto que claramente no acompaña.
Un riesgo evitable
El uso del casco no es un detalle menor. Diversos estudios indican que reduce significativamente el riesgo de lesiones graves en la cabeza en caso de accidente. En zonas donde el tránsito es cada vez más intenso, su uso debería ser tan natural como el cinturón de seguridad en un auto.

Sin embargo, la naturalización de circular sin protección, sumada a las condiciones viales actuales, configura un escenario de riesgo permanente.
Un cambio posible desde la comunidad
En un contexto donde faltan controles e infraestructura, también aparece una oportunidad para que la propia comunidad sea parte de la solución.
Incentivar a los vecinos y a las constructoras a que provean cascos a sus empleados —especialmente a quienes utilizan la bicicleta como medio de transporte diario— podría ser una medida simple pero de alto impacto. Así como muchas obras ya entregan elementos de seguridad dentro del ámbito laboral, extender esa lógica al trayecto hacia y desde el trabajo podría marcar una diferencia concreta.

El casco no debería ser un lujo ni una elección aislada, sino un elemento básico de cuidado.
Además, este tipo de acciones podrían acompañarse con campañas internas de concientización en barrios y obras, promoviendo una cultura de prevención que hoy claramente falta.
Un llamado urgente
Campañas de concientización, controles efectivos, infraestructura adecuada y compromiso comunitario. La solución no depende de un solo actor, pero sí requiere decisión.
La bicicleta es una alternativa sustentable y cada vez más elegida. Pero para que también sea segura, hace falta algo más que costumbre.
Porque en calles como Bancalari, hoy, circular en bici sin casco no es solo una imprudencia: es un riesgo cotidiano.



